sábado, 29 de julio de 2017

Bitcoin Vs un banco del siglo XXI

El día de ayer estuve en un banco, el segundo lugar que menos me gusta después de las clínicas o de los hospitales. No se trataba de algo personal, sino de un favor que un familiar que está fuera del país me había pedido de hacer una pequeña compra con un dinero que había enviado y por el aprecio que le tengo no dudé en hacerlo.

Desde que llegué al banco el panorama no era alentador, en la puerta del banco había un letrero de "cerrado", revisé el horario oficial (justo encima del letrero que me indicaba cerrado) y según dicho horario no debería estar cerrado. Casi me regreso, pero en ese momento uno de los clientes salió simplemente empujando la puerta, el banco estaba abierto. Tal vez algún empleado cansado corrió el letrero de abierto a "cerrado" 50 minutos antes de la hora oficial de cierre.

Al entrar me encuentro con una sala de espera de cerca 220 metros cuadrados llena de sillas, de las cuales cerca de la mitad tenía clientes esperando. Algo confundido busco el lugar para pedir un turno y me encuentro con una maquina extremadamente grande con pantalla táctil algo caliente a la cual debía darle mi número de DNI o Cédula de Ciudadanía a la vista de todos los clientes que tras de mi aguardaban en una apretujada fila para tomar un turno. A cambio de esa brecha de seguridad y perdida de privacidad la maquina me da un trozo de papel, no cualquier papel, papel químico con un número B508 que anuncia que dicho turno es personal e intransferible.

Me quedé de pie puesto que no quería sentarme, tenía la impresión que por haber más de 14 cajeros en dicho banco, uno de los mejores y más modernos del país, la atención sería algo rápida y me tomaría pocos minutos. Mi ilusión de desvaneció al ver que entre el turno que anunciaba una armoniza voz de mujer a través de una pantalla de televisión y el que me había tocado, había cerca de 100 personas antes de mi, y eso no era todo, además los números estaban acompañados de letras B, P, S y al menos otras tres letras más, cada una con números a su lado que van desde el 0 hasta el 999.

Luego de medía hora de espera y de observar los procesos de la entidad bancaria preferí sentarme, al ritmo que todo iba tendría que esperar al menos una hora más. Luego de unos minutos tomé mi celular para distraerme y casi al minuto me dice una de las guardas de seguridad que no puedo usarlo en la entidad, una prohibición que por razones de seguridad está impuesta en mi país a los usuarios de entidades financieras.

Acostumbrado a transacciones con criptomonedas como bitcoin, dogecoin, o bytecoin entre muchas otras, que las puedo hacer, no digamos desde mi casa sino incluso desde mi cama, que se confirman en segundos o minutos, no tardé mucho en sentirme que estaba en el medioevo, es decir me sentí esclavo de un sistema que dicta incluso lo que puedo y no hacer con mi propio celular, rodeado de personas que no conocen otra cultura diferente y por ello se someten a ese trato y relaciones de poder con una entidad financiera (el banco) por la necesidad de tener "seguro" su dinero, de recibir una remesa de dinero o por la necesidad de una determinada transacción.

No alcancé a pensar si me estaba poniendo dramático con mis pensamientos medievales, porque luego de aproximadamente una hora de estar en el banco y ya con las puertas cerradas al público, pero aún atendiendo,  una auxiliar comenzó a llamar uno a uno los turnos que aun faltaban para confirmar cuantos habían desistido de esperar y cansados, se habían ido.

El moderno sistema de turnos no permitía saber cuantos se habían rendido a la larga espera y siendo sincero, confieso, me dio algo de aliento saber que al menos treinta personas se habían ido lo cual me dejaba a "solo" 35 puestos de ser atendido. Digo confieso porque era consiente esos turnos de menos para mi implicaban que 35 personas que no pudieron hacer lo que necesitaban, también 35 papeles impresos que no sirvieron para nada, 35 veces que la maquina de los turnos gastó energía en vano. Mientras pasaba el tiempo vi a personas que pasaron más de 20 minutos depositando grandes cantidades de dinero, pensé que transportarlo hasta el banco representaba un gran riesgo y también observé que por la necesidad del conteo, aún con maquinas, era muy dispendioso y tomaba mucho tiempo.

Cuando por fin llegó el turno B508, casi 100 turnos después de mi llegada al banco, me atendió una cajera amable y servicial que no dudó en pedirme  mi DNI, cuando lo recibió me preguntó por el número o código de transferencia lo cual me dejó entre dos sensaciones incomodas: sacar mi celular a pesar de la prohibición, porque en el celular estaba dicho número o código y la incomodidad de una pregunta interior que me hacía ¿acaso con mi número de identificación no debería ser más que suficiente para ver que existe un saldo a mi favor en el sistema del banco?. Luego me tocó firmar, incluyendo mi número de cédula o DNI y claro está, la infalible técnica de  individualización antropológica aplicada por primera vez por allá a finales del siglo XIX, mi huella digital sobre otro trozo de papel.

Con mi dedo engrasado y sucio, el descontento de la larga espera y la racionalidad de mis preguntas, un pensamiento claro emergió, una confirmación de algunas convicciones respecto a la tecnología Bitcoin; la modernidad exige soluciones integrales para la realización de transferencia de divisas y el almacenamiento de valor, que los bancos actuales son al intercambio de valor, lo que que los telegramas son al correo electrónico. Que el costo social de las largas esperas en estas entidades contribuye a la desigualdad, a la cual se suma el costo económico en el cual incurren las personas por el uso de sus servicios. Que existen sistemas enérgicamente más responsables que los hace ambientalmente sostenibles, más seguros, rápidos y económicos.

En definitiva salí con una convicción reforzada que el camino es mostrar a las personas que hay otras formas de hacer las cosas y que el manejo del dinero no es la excepción, que tienen la oportunidad de convertirse en su propio banco y así transferir y usar su dinero literalmente como quieran, sin que un entidad financiera tenga el control sobre su dinero, tenerlo realmente seguro, lejos del alcance de banqueros/gobiernos irresponsables y sin escrúpulos. Cuando digo banquero no me refiero al cajero o al jefe de sucursal o gerente regional, me refiero al dueño del sistema que si así lo decide puede usar tu dinero para lo que quiera aun a riesgo de perderlo como ocurrió en Grecia, Chipre o más cerca de nosotros en Argentina.

Por ello quiero compartir con ustedes el documental "Dinero Mágico: La revolución de Bitcoin" uno de los mejores y equilibrados que he visto, donde de la mano de expertos de la industria financiera y de las criptomonedas de talla mundial, explican el porque bitcoin es una tecnología tan importante como el mismo Internet, que desde Ganar Ganar Bitcoin llamamos el dinero del ahora.




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